Llueve

Hace rato no me concentraba en el sonido de la lluvia, en las fotografías que toma el cielo con sus relámpagos. Muchos días han pasado desde que las hojas pedían por agua, sedientas de vida. Las horas se han hecho eternas por el sol que rienaba los mediodías. Pero llueve, llueve... hoy llueve. 

El cielo vuelve a protestar, a rebelarse ante la luz radiante, a pintar de nuevo las calles de tonos grises. La lluvia, poderosa, grita, pide ser escuchada. Desea que los cuerpos se hagan en ella, bailen consigo, se dejen estremecer por la brisa que le acompaña y el frío del roce de cada gota con la piel aún cálida. 

Cómo es que la podemos ignorar, si hace conciertos con las láminas de los techos, si nos silencia el mundo solo para ser la única música que nos acompañe. 

Llueve, llueve y llueve en la ciudad agitada, los carros parecen navegar entre las calles inundadas. Llueve y llueve, pero la vida no para, se ralentiza, somos más conscientes del segundo que pasa, de la gota que va resbalándose, lento muy lento, por la ventana. 

Llueve y llueve, las casas se encierran, se abren los paraguas. Los árboles abrazan la lluvia entre sus ramas, se rejuvenecen las flores, se despiertan las almas. 

Cómo es que la lluvia, muestra de la fuerza del cielo y el agua, puede recordarme la tristeza. Eso aún no lo sé. Pienso en que la cama que solía ser cómplice de nuestras caricias en tardes lluviosas hoy está vacía. 

Las manos se posan sobre las letras de este teclado que todavía no termino de conocer, y no sobre tu torso en medio del abrazo. Ha de sentirse envidioso mi corazón de aquellos que en tardes como esta pueden latir aún más fuerte, encontrándose con otro palpitar igual al suyo. 

Lluvia, cómplice y enemiga. 

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