Un té amargo

El sabor de mi té favorito es más amargo de lo que recordaba, o no sé si el pasar de los años le ha quitado el dulzor que tanto me encantaba. ¿Será que los minutos que van muriendo se están llevando con ellos lo mejor de mi vida? ¿Están siendo menos mis alegrías o cada vez siento más los dolores? 

Veo amaneceres atravesar mi ventana, son hermosos, siempre lo han sido: el cielo se pinta de colores, naranjas, rosados, amarillos, despertando de la tenebrosa oscuridad. Pero los amaneceres no son eternos, no se quedan con nosotros todo el día, solamente nos permiten admirarlos por unos minutos y nos obligan a esperarlos un día más. 

Pero, mientras que llegan, las horas van pasando, una tras otra. A veces parece una cuenta regresiva, como si el reloj nos advirtiera que se nos acaba el tiempo de ser felices ese día, como si nos diera señales para rebelarnos ante lo finito y hacernos eternos. 

Todavía queda mucho por vivir, pensaba cuando era pequeña, creyendo que tendría la oportunidad de disfrutar cada día con calma y de apreciarme en ellos. Y hoy, que trato de recordar lo vivido, me doy cuenta que ha pasado mucho y me lo he perdido, que la memoria solo conserva imágenes fugaces y que aquello en lo que no estuve del todo presente ya no puedo revivirlo. 

Por eso valoro conservar el dulzor de mi té favorito enredado entre mis recuerdos, porque jamás sabrá igual que antes, porque los años me saben amargos. 

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