Entradas

Mostrando las entradas de enero, 2022

De la negación y otros males

Me niego a que las madrugadas me encuentren sin ti,  a ocupar el espacio vacío del lado de tu cama con arrumes de almohadas.  Me niego a abrazar la lluvia y no a ti.  Ruego por el día en que nos sobren los buenos días  y no extrañemos las despedidas.  Ruego por el día en que amanezca al lado de tu sonrisa.  Ojalá pudiera negar que te quiero  y no sentir cómo muero cada vez que estás lejos. 

Sin regreso

Trataba de alcanzarle sin éxito, cada vez se hacía más lejano. El ruido de las ruedas del carro sobre las piedras del camino ya anunciaba su adiós. Jamás había pretendido quedarse, y yo lo sabía. Me mentía como si eso pudiera detenerlo... pero nunca volvió.   

La casa

Papá siempre me llama a desayunar. Entra al cuarto, me mueve la pierna con su pie y pispea, como si quisiera que solo yo escuchara su sonido -que hace las veces de despertador-, y luego vuelve a salir. Si ve que me tardo, regresa y se asoma a la habitación, como para verificar que estoy despierta, y nada más puedo decirle: "Sí, papi. Ya voy". En la mesa me esperan el pan, el huevo y el café, recién servidos, con su inconfundible olor a casa. A los pocos minutos de haber probado el primer bocado, nos acompaña mi mamá. Los tres ahí sentados, con el peso de los ojos cansados de las tantas madrugadas y de la misma noche anterior, nos vemos unos a otros, pareciéramos hablar con la mirada. Cruzamos algunas palabras, las suficientes para saber que seguimos entendiéndonos a pesar de la distancia, de la ausencia -cuasi eterna- de los últimos meses.  Las horas pasan en un santiamén, el reloj marca las 8:00 a.m., las 9:00 a.m., las 10:00 a.m., y así una tras otra. Entonces comienzan a e...

Bogotá, mi casa.

Hace varios años no me sentía extraña en esta ciudad. Aprendí a amarla, a conocerla en sus colores y perderme en el encuentro de culturas, de acentos, rostros y músicas. Me había encariñado con las rotas calles y el abrazo de las montañas que rodeaban al barrio.  Me había enamorado, como adolescente, de los días lluviosos, de la niebla matutina y el delicado vaho en las madrugadas.  Bogotá se había convertido en mi casa, en el hogar sin paredes,  en la cuna de mis sueños,  en la ilusión de una vida mejor.  Pero, hoy, hoy la sentí ajena a mí.  Ignorada.  Las luces me cegaban.  El ruido me robaba los latidos del corazón.  Las montañas me estrujaban, tanto que parecían querer romperme.  Bogotá ya no se sentía como mi casa,  se fueron construyendo muros de concreto que me acorralaban, sin dejarme ver los colores, el encanto de sus calles, las músicas... me ahogaban. Bogotá se había convertido en mi casa, en el hogar sin paredes,  e...