Papá siempre me llama a desayunar. Entra al cuarto, me mueve la pierna con su pie y pispea, como si quisiera que solo yo escuchara su sonido -que hace las veces de despertador-, y luego vuelve a salir. Si ve que me tardo, regresa y se asoma a la habitación, como para verificar que estoy despierta, y nada más puedo decirle: "Sí, papi. Ya voy". En la mesa me esperan el pan, el huevo y el café, recién servidos, con su inconfundible olor a casa. A los pocos minutos de haber probado el primer bocado, nos acompaña mi mamá. Los tres ahí sentados, con el peso de los ojos cansados de las tantas madrugadas y de la misma noche anterior, nos vemos unos a otros, pareciéramos hablar con la mirada. Cruzamos algunas palabras, las suficientes para saber que seguimos entendiéndonos a pesar de la distancia, de la ausencia -cuasi eterna- de los últimos meses. Las horas pasan en un santiamén, el reloj marca las 8:00 a.m., las 9:00 a.m., las 10:00 a.m., y así una tras otra. Entonces comienzan a e...