Bogotá, mi casa.
Hace varios años no me sentía extraña en esta ciudad. Aprendí a amarla, a conocerla en sus colores y perderme en el encuentro de culturas, de acentos, rostros y músicas. Me había encariñado con las rotas calles y el abrazo de las montañas que rodeaban al barrio.
Me había enamorado, como adolescente, de los días lluviosos, de la niebla matutina y el delicado vaho en las madrugadas.
Bogotá se había convertido en mi casa,
en el hogar sin paredes,
en la cuna de mis sueños,
en la ilusión de una vida mejor.
Pero, hoy, hoy la sentí ajena a mí.
Ignorada.
Las luces me cegaban.
El ruido me robaba los latidos del corazón.
Las montañas me estrujaban, tanto que parecían querer romperme.
Bogotá ya no se sentía como mi casa,
se fueron construyendo muros de concreto
que me acorralaban,
sin dejarme ver los colores, el encanto de sus calles, las músicas... me ahogaban.
Bogotá se había convertido en mi casa,
en el hogar sin paredes,
en la cuna de mis sueños,
en la ilusión de una vida mejor...
Y quiero que vuelva a ser así.
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