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Punto de no retorno

La lección hace mucho que debió ser aprendida, pero insisto en aferrarme a lo que lastima, al fuego encendido que aunque cálido amenaza con quemarme, a la intranquilidad eterna que engaña al alma, como procurando llenar los espacios vacíos. Poco a poco, se va apoderando de mí una angustia calcinante, a la que le permito alimentarse de mis alegrías y del amor que a cuestas me ha salvado de la ceguera absoluta.  A veces pareciera que ya ni siquiera me esmero en frenar las enardecidas llamas y me conformo con ver el rastro de cenizas de mis quereres más profundos, de los recuerdos, de las ideas que alguna vez fueron la guía para emprender el camino.  Es una cuestión de tiempo hasta llegar a un punto de no retorno, en el que el ser se verá obligado a adaptarse o consumirse irremediablemente.

De la negación y otros males

Me niego a que las madrugadas me encuentren sin ti,  a ocupar el espacio vacío del lado de tu cama con arrumes de almohadas.  Me niego a abrazar la lluvia y no a ti.  Ruego por el día en que nos sobren los buenos días  y no extrañemos las despedidas.  Ruego por el día en que amanezca al lado de tu sonrisa.  Ojalá pudiera negar que te quiero  y no sentir cómo muero cada vez que estás lejos. 

Sin regreso

Trataba de alcanzarle sin éxito, cada vez se hacía más lejano. El ruido de las ruedas del carro sobre las piedras del camino ya anunciaba su adiós. Jamás había pretendido quedarse, y yo lo sabía. Me mentía como si eso pudiera detenerlo... pero nunca volvió.   

La casa

Papá siempre me llama a desayunar. Entra al cuarto, me mueve la pierna con su pie y pispea, como si quisiera que solo yo escuchara su sonido -que hace las veces de despertador-, y luego vuelve a salir. Si ve que me tardo, regresa y se asoma a la habitación, como para verificar que estoy despierta, y nada más puedo decirle: "Sí, papi. Ya voy". En la mesa me esperan el pan, el huevo y el café, recién servidos, con su inconfundible olor a casa. A los pocos minutos de haber probado el primer bocado, nos acompaña mi mamá. Los tres ahí sentados, con el peso de los ojos cansados de las tantas madrugadas y de la misma noche anterior, nos vemos unos a otros, pareciéramos hablar con la mirada. Cruzamos algunas palabras, las suficientes para saber que seguimos entendiéndonos a pesar de la distancia, de la ausencia -cuasi eterna- de los últimos meses.  Las horas pasan en un santiamén, el reloj marca las 8:00 a.m., las 9:00 a.m., las 10:00 a.m., y así una tras otra. Entonces comienzan a e...

Bogotá, mi casa.

Hace varios años no me sentía extraña en esta ciudad. Aprendí a amarla, a conocerla en sus colores y perderme en el encuentro de culturas, de acentos, rostros y músicas. Me había encariñado con las rotas calles y el abrazo de las montañas que rodeaban al barrio.  Me había enamorado, como adolescente, de los días lluviosos, de la niebla matutina y el delicado vaho en las madrugadas.  Bogotá se había convertido en mi casa, en el hogar sin paredes,  en la cuna de mis sueños,  en la ilusión de una vida mejor.  Pero, hoy, hoy la sentí ajena a mí.  Ignorada.  Las luces me cegaban.  El ruido me robaba los latidos del corazón.  Las montañas me estrujaban, tanto que parecían querer romperme.  Bogotá ya no se sentía como mi casa,  se fueron construyendo muros de concreto que me acorralaban, sin dejarme ver los colores, el encanto de sus calles, las músicas... me ahogaban. Bogotá se había convertido en mi casa, en el hogar sin paredes,  e...

Un recuerdo

Me estoy hundiendo,  la inmensidad del mar me atrapa,  y no puedo negarte que me gusta.  Quiero dejarme ahogar,  me siento cansada para nadar,  ni siquiera aprendí cómo hacerlo.  El agua se siente tan tranquila,  y hace un tiempo nada lo es.  Me estoy hundiendo,  la inmensidad del mar me atrapa,  me desenreda los nudos en la garganta, me hace sentir liviana,  desprovista de la carga de un corazón sensible.  No puedo mentir.  Quisiera quedarme así siempre,  aunque le tema a la profundidad del mar,  y te extrañe si dejo que finalmente me atrape.  Me estoy hundiendo,  y lo único que me da miedo  es que me conviertas en recuerdo. 

Un té amargo

El sabor de mi té favorito es más amargo de lo que recordaba, o no sé si el pasar de los años le ha quitado el dulzor que tanto me encantaba. ¿Será que los minutos que van muriendo se están llevando con ellos lo mejor de mi vida? ¿Están siendo menos mis alegrías o cada vez siento más los dolores?  Veo amaneceres atravesar mi ventana, son hermosos, siempre lo han sido: el cielo se pinta de colores, naranjas, rosados, amarillos, despertando de la tenebrosa oscuridad. Pero los amaneceres no son eternos, no se quedan con nosotros todo el día, solamente nos permiten admirarlos por unos minutos y nos obligan a esperarlos un día más.  Pero, mientras que llegan, las horas van pasando, una tras otra. A veces parece una cuenta regresiva, como si el reloj nos advirtiera que se nos acaba el tiempo de ser felices ese día, como si nos diera señales para rebelarnos ante lo finito y hacernos eternos.  Todavía queda mucho por vivir, pensaba cuando era pequeña, creyendo que tendría la opor...